Calcio y narices, El calcio de las narices 3
Según los entendidos, son cinco las cosas que más duelen de esta vida: romperte la nariz, romperte las rodillas, que te den un tiro en el estomago, romperte la clavícula y que te partan el corazón.
Yo ya he pasado por tres de estas cosas pero de lo que vamos a hablar hoy es de las roturas de narices. Puedo asegurar que una nariz rota de un puñetazo es una de las cosas más dolorosas que existen: al principio notas como si te clavaran un millón de alfileres en el cerebro, no puedes respirar y no puedes evitar que los ojos se llenen de lagrimones. Es un dolor tan intenso que no te deja pensar en nada más.
Esta historia empieza a la una de la madrugada, en el tranvía de vuelta a casa. Yo ya venía calentito de otra historia, pero eso no viene al caso. Me cuelgo de la barra, al final de la máquina, como tengo costumbre, sin percatarme de que hay un grupito de hinchas de calcio, con sus bufanditas, sus gorritos y su pedal del quince armando camorra.
Iniciamos la marcha y empiezan a zarandear el tranvía y a cantar canciones en no-se-que dialecto del italiano y sobre no-se-que equipo de calcio (no me gusta el fútbol). De repente empiezan a subir el tono de sus graznidos y tienen a bien empezar a empujar a la primera persona decente que pillana, o sea, a mi. Yo estaba de espalda a ellos y justo en el momento en el que me dí la vuelta uno de ellos me dio la bienvenida con un directo en plena cara. Logré encajar un par de golpes más mientras me daba cuenta de lo que estaba pasando.
Mis primeros puñetazos fueron muy malos y demasiado flojos, creo que lancé algunos al aire mientras recobraba el equilibrio con esperanzas de que se cruzaran con alguna de sus caras. Lo que sí recuerdo perfectamente es propinarle a uno de ellos un tremendo impacto en la cara. Noté perfectamente como crujió el tabique de aquel simio.
En un momento se lió bien gorda dentro del tranvía, el conductor bajó y nos empujó a todos fuera del vehículo. El panorama no pintaba nada bien: era de madrugada, noche cerrada, niebla espesa, compartiendo momento y lugar con tres hijos de puta con ganas de camorra. Se me ocurrían un millón de lugares mejores en los que estar en aquel instante. Si esto llega a pasar en España, en estos momentos estaría dentro de una cámara frigorífica luciendo una etiqueta con mi nombre en el dedo gordo del pie.
Mientras bajaba del tranvía ya me iba haciendo a la idea de que allí terminaba mi vida.
— Sólo puedo aspirar a que alguien pinte mi silueta con tiza dentro de unas horas y que coloquen alguna lápida conmemorativa a lado de estas vías. Pensé.
Me quite los mitones, cerré bien los puños para golpear más fuerte y llene mis pulmones de aire. Que no se diga.
— ¡Que cabrones!. Salieron corriendo.
Dada la similitud de estos tres ejemplares con los mandriles, fue útil recordar aquel programa de National Geographic y comprobar empíricamente que atacan en manada y huyen también en conjunto. Me gusta pensar que se asustaron al ver la sangre salir del hocico de uno de ellos pero en realidad creo que esa noche volví a nacer y ya he consumido toda la suerte que me tocaba.
Si mi economía lo permitiera, ahora mismo tendría un enorme chuletón tapandome media cara pero como no es el caso, aquí esta Adelina aplicandome unas espinacas congeladas en el ojo. No es lo mismo pero no estoy en disposición de quejarme, seguro que ella golpea más fuerte
— Tía, me siento realizado. Dije en tono solemne.
— ¡Pero que dices!, mañana tendrás el ojo morado.
Me siento vencedor. Por una vez en la vida se han tornado los papeles y no soy yo el que vuelve a casa con la nariz rota. Es una de esas cosas que tanto cuesta de entender a las mujeres. Conecta directamente con los instintos más básicos de los hombres. Es como Fight Club. Me gusta.
Supongo que toda esta historia se reduce a que en todos los sitios del mundo hay gilipollas que les gusta provocar a los ultras colgandose de la barra del tranvía
La noche se cerró con la frase de Pablo.
— ¡Niñooo vamos a brindar por él! venga esos chupitos de limoncello.
PD. A pesar de lo que pueda parecer, yo soy la persona más pacifica del mundo. Sólo tengo el don de la oportunidad; de la mala oportunidad. Tengo facilidad para estar en el peor lugar justo en el momento menos oportuno
PD2. Mama, estoy bien.
















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